lunes, 30 de julio de 2012

¿AMISTAD?



SOBRE LA AMISTAD: ARISTÓTELES


Por Jordi Puigdomènech

A principios de siglo XXI… ¿tiene sentido defender la amistad como valor que contribuye a la felicidad del ser humano, al modo de Aristóteles o Epicuro, o es preferible priorizar en nuestras vidas el realismo estratégico de un Maquiavelo, para quien la obtención de un determinado fin puede justificar el empleo del engaño o de la traición? En su primera entrada o acepción, la Real Academia Española define amistad como <>, para especificar más adelante que, en un sentido figurado, toda amistad presupone una buena dosis de <>. En esta definición académica, que aunque con algún matiz posiblemente todos llegaríamos a aceptar, se sugieren algunos de los conceptos constitutivos de la amistad que han venido fraguándose a la luz de largos siglos de cultura en Occidente, como afecto, desinterés, reciprocidad, afinidad o conexión. Una ética de la amistad puede fundamentarse, al igual que cualquier otro tipo de ética, en una indagación histórica acerca de su valor como elemento constitutivo del ser humano, tanto a nivel social como a nivel individual.


Basta echar una ojeada al pasado para comprobar que las relaciones humanas siempre han sido objeto de preferente interés para todos los teóricos de la moral. Y nuestro tiempo no es una excepción. Los griegos fueron los primeros en pasear o en sentarse junto a una buena comida para departir los fundamentos de la amistad en animada tertulia. Platón, Aristóteles y Epicuro sentaron los cimientos del concepto que hoy manejamos. Los romanos Séneca y Cicerón ahondaron en sus orígenes y establecieron unos márgenes razonables para contener sus límites; Avempace, el filósofo árabe de la Zaragoza medieval, elevó su nobleza hasta convertirla casi en mística; los renacentistas Bruno y Maquiavelo disputaron acerca de su conveniencia o inconveniencia; los racionalistas Descartes y Spinoza defendieron su carácter necesario; los británicos David Hume y Stuart Mill reflexionaron sobre su aspecto más emotivo y sobre su posible utilidad en el seno de una democracia incipiente; los alemanes Schopenhauer y Nietzsche se decantaron por mostrar su lado más oscuro; por último, Ortega y Gasset y Emilio Lledó representan la aportación hispana a la indagación sobre la amistad como valor a reivindicar en la sociedad contemporánea.

 

El ser humano como ser sociable: Aristóteles



Diógenes Laercio, una de las fuentes principales que documentaron la Grecia clásica, cuenta que Aristóteles nació en Estagira (Macedonia) y que residió durante muchos años en la inmortal Atenas del siglo IV a.C. Según Laercio la dicción de Aristóteles era dificultosa, sus piernas delgadas y sus ojos pequeños; usaba elegantes vestidos y muchos anillos, y llevaba siempre cuidados la barba y el cabello. Discípulo del genial Platón, con el tiempo se distanció de su maestro, con lo que éste llegó a decir de él: <>. Pese a que no puede decirse que Platón y Aristóteles llegaran a ser grandes amigos, fueron los primeros teóricos de la amistad de la cultura occidental. Ambos escribieron muchas páginas sobre el tema, ofreciendo un valioso legado para las generaciones posteriores y un testimonio fehaciente sobre su época.


Otro personaje notable con quien se relacionó Aristóteles fue Alejandro Magno, pues fue su tutor en la corte del rey Filipo II de Macedonia durante tres años, de los trece a los dieciséis. Teniendo en cuenta que de acuerdo con su teoría del punto medio Aristóteles defendía la idea de que un Estado ha de tener una extensión moderada y una población que no exceda de los cien mil habitantes, la historia ha dejado claro que el discípulo no se dejó influir en absoluto por el maestro. En lugar de contentarse con el modelo de Estado basado en el equilibrio y la moderación que le propusiera Aristóteles, Alejandro Magno, de carácter apasionado y ambicioso, se lanzó decididamente a la conquista del mundo, desde Europa Occidental hasta la India. Desengañado por no haber podido transmitirle adecuadamente sus principios, Aristóteles se referiría después a él como <>. A pesar de la impetuosidad de su naturaleza, Alejandro Magno siempre había mostrado una profunda admiración hacia la civilización y la cultura de Atenas, las cuales contribuyó a propagar por el mundo al mismo tiempo que lo conquistaba.


Al igual que Fernando Savater haría veinticuatro siglos después, Aristóteles escribió un notable libro de ética dedicado a su hijo, la Ética a Nicómaco. De la lectura comparada de éste y de la Ética para Amador de Savater se deduce con facilidad que en el siglo IV a.C. los griegos vivían los afectos de una forma muy distinta a la nuestra. Tanto “amistad” —philia— como “amor” —eros— eran términos que abarcaban entonces una significación mucho más amplia que la que tienen hoy. Partiendo del carácter natural de la sociabilidad humana, en la Ética a Nicómaco Aristóteles venía a decir que la amistad es la base sobre la que se constituye toda buena relación social, ya sea familiar o ciudadana. Podría hablarse por tanto de conceptos como amistad de esposo, amistad de madre, amistad de vecinos, etc. En cambio, ahora hablaríamos más bien de amor de esposo o amor de madre, reservando la amistad para otro tipo de relación. De todos modos, seguimos estando de acuerdo con Aristóteles en que por encima de todo los padres y los hijos deberían ser amigos, lo mismo que sucede con los integrantes de la pareja.


En este amplio sentido del concepto barajado por Aristóteles pueden distinguirse tres especies de amistad, fundadas en la virtud, en la utilidad y en el placer. Tan solo la primera de ellas puede considerarse verdaderamente amistad como tal, puesto que según el Estagirita el amigo no debe ser en ningún caso un instrumento para manejar en miras del interés propio. Y cuando se trata de placer cabe establecer distancias con respecto a otro afecto, el amor, con el que no debe confundirse: <>. Curiosamente esta puntualización de Aristóteles parece coincidir con la definición que ofrece en su Diccionario de Psicología el Dr. Genovard Rosselló, catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona: <>.


Aristóteles pone el dedo en la llaga al señalar otro de los aspectos fundamentales de la amistad: el desinterés. No puede ser comprada por mucho dinero y poder que se posean, pues el afecto de un amigo tiene un valor diferente a lo puramente material, no tiene precio: <>. El hecho de que la amistad no se pueda comprar ni vender la convierte en un valor que tampoco puede ser tasado, de lo cual se deduce que lo importante no es tener muchos amigos, sino buenos amigos. También en este caso, por tanto, puede aplicarse justificadamente el dorado término medio aristotélico: <>.


Además de la Ética a Nicómaco durante muchos años se atribuyeron a Aristóteles otros dos tratados de moral, aunque finalmente parece ser que fueron escritos por un discípulo a partir de sus lecciones. En uno de estos dos tratados, la Ética Eudemia, se enumeran otros elementos importantes en toda relación amistosa, como son la estabilidad y el tiempo. Ciertamente los amigos continúan siéndolo en los momentos difíciles, de tal modo que no hay situación de crisis que pueda afectar su estado: <>. Los malos momentos siempre provocan una criba entre las amistades, evidenciando quiénes lo son de verdad y quiénes llevaban puesta una máscara. Por eso toda amistad necesita tiempo: <>. Si tenemos en cuenta que se dice que una talega de la Grecia clásica podría equivaler a unos dos kilos de sal, muchas veces debería compartirse mesa antes de que la amistad pudiera ser alcanzada.


Pese a que su pluralidad pueda sugerir un cierto relativismo a la hora de elaborar un concepto bien definido, todas las opiniones vertidas acerca de la naturaleza de la amistad suelen coincidir en señalar un punto de consenso unánime y determinante entre tanta diversidad: la amistad no es tan solo un valor esencial para el óptimo desenvolvimiento de las relaciones humanas en un sentido general, sino que a nivel individual también constituye uno de los pilares fundamentales sobre los que se erige cualquier posibilidad de consecución de una vida satisfactoriamente feliz. Cada uno de nosotros necesita de la amistad para aproximarse a ese estado indefinible e inestable por naturaleza que es la felicidad. La vida no es un camino ya trazado de antemano y apto para ser recorrido en soledad, sino un horizonte abierto de experiencias que precisan ser compartidas para llegar a adquirir una dimensión verdaderamente humana.





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