LAS PALABRAS JESÚS DE NAZARET




CUARTA PARTE

EL LLAMADO A UNA NUEVA VIDA

LA LLAMADA


Ustedes no me escogieron a mí, sino que yo los escogí a ustedes para que vayan y produzcan buen fruto en sus vidas: fruto que perdure.

Un hombre que tenía dos hijos, le dijo al mayor: “Hijo, ve a trabajar hoy en mi viñedo.”

“No lo haré”, contestó el hijo, pero luego cambió de parecer y fue e hizo lo que su padre le había ordenado.

Luego el padre le dijo al hijo menor: “Ve tú también al campo.”

El inmediatamente contestó: “Así lo haré”. (Pero no movió ni un pie para obedecer).

¿Cuál de estos dos hijos cumplió el mandamiento del padre?

Consideren esta parábola: Hombre maligno y prostitutas entran al reino del cielo antes que ustedes. Ellos han oído el llamado al arrepentimiento y se han vuelto a Dios. Ustedes al contrario, han oído la llamada y han vuelto la espalda.

¿Por qué me llamas bueno? No hay ninguno bueno, excepto Dios. Tú sabes los mandamientos: No cometas adulterio. No mates. No hurtes. No levantes falsos testimonios. Honra a tu padre y a tu madre. Aún fallas en esto (honrándome sólo de palabras), no usando todo: tus riquezas, tus posesiones y tu vida, para ayudar a los necesitados. Haz esto y tendrás tesoros en el cielo.

Si quieres seguirme, tienes que despreciar tus deseos y tus caminos, y tomar tu cruz diariamente, y seguirme. Los que quieren salvar su vida tienen que perderla primero: cualquiera que voluntariamente pierda su vida por mi causa, la encontrará.

Un rey organizó las bodas de su hijo, el príncipe.

Envió a sus siervos a las provincias de su reino a convidar a los que habían sido invitados a las bodas, pero los invitados rehusaron venir.

Así pues, el rey envió a sus siervos, diciendo: “Díganle a los invitados a la boda que he preparado un gran banquete. He matado mis bueyes y mejores reses, y todo está preparado. Vengan a la boda.”

Pero los súbditos tampoco hicieron caso de esta invitación, y se fueron; unos a sus fincas, y otros a sus negocios en el pueblo. Los súbditos que quedaron echaron mano a los siervos del rey y los golpearon hasta matarlos.

Cuando el rey supo lo que había sucedido, se enfureció. Inmediatamente envió a los soldados de su corte. Estos apresaron a los asesinos y los ejecutaron y quemaron sus casas hasta el polvo.

Entonces el rey dijo a sus siervos: “La boda está lista, pero aquellos invitados no eran dignos de venir. Vayan pues, a los que encuentren en las esquinas de las calles y en el camino fuera de la ciudad, e invítenlos a la celebración de la boda.”

Así, los servidores del rey fueron a las esquinas de las calles de la ciudad. Luego fueron a los caminos e invitaron a todos los que encontraron, malos y buenos; y la sala de la boda se llenó de personas.

Pero cuando el rey vino a ver a sus convidados, se quedó asombrado al ver a uno comer sin vestir el traje de bodas (que había sido provisto). Le preguntó: “¿Cómo es que tú has venido a la fiesta sin tu traje de bodas?”

Pero el hombre no le dio respuesta.

Entonces el rey dijo a sus sirvientes: “Aten a este hombre de pies y manos, y llévenlo y échenlo en la obscuridad, donde hay lágrimas de remordimiento y pesar.”

Porque les digo, muchos son llamados (al reino) pero pocos son escogidos.

Ha llegado el tiempo. El reino de Dios está cerca. Yo los escogí de entre la manera de vivir del mundo. Arrepiéntanse y crean en el evangelio.

Nadie puede venir a mí, si no lo trae el Padre que me ha enviado, y resucitaré a esa persona en el último día. Todos ustedes, quienes el Padre me ha dado, vendrán a mí y cualquiera que viene a mí, yo nunca lo rechazaré.

¿Creen porque les he dicho estas cosas? Verdaderamente, verán cosas aún más grandes que estas.

Entren por la puerta angosta, porque ancho es el sendero y espacioso es el camino que lleva a la destrucción, y muchos van por esa puerta. Pero angosta es la puerta y angosto es el camino que lleva a la vida, y hay pocos que la encuentran. Así es que, pongan todo esfuerzo por entrar por la puerta que lleva a la vida. Un día, muchos desearán cambiar repentinamente de camino, pero será muy tarde para ello.


1996, R. L. Cantaleon



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